La felicidad es descubrir lo que ya tienes

Siempre fui una alumna aplicada; sin embargo, para mí la escuela fue sinónimo de obligación, mediocridad y aburrimiento.

Desde pequeña adopté el rol de “perfeccionista” como excusa para superar mis propias expectativas y las de los demás. Hasta que toqué fondo a los 25 años.

Me sentía perdida. Estaba llena de carencias, vacíos e inseguridades y no sabía por qué. La idea de adaptarme al sistema me sumergió a una profunda crisis existencial.

Movida por el dolor y la angustia, emprendí una búsqueda filosófica para encontrar el sentido de mi vida. Fue entonces cuando decidí salirme del camino trillado, explorando maneras alternativas de aprender, de pensar y de vivir.

Dicen que el maestro aparece cuando el alumno está preparado, y en mi caso, apareció cuando acababa de cumplir los 30 años. En aquel momento le seguía teniendo alergia a los «Coach» y a todo aquello que hablaba sobre crecimiento personal. Sin embargo, me sentía tan vacía que me abrí a lo nuevo y a lo desconocido.

Tras romper con la burbuja social; la soledad y la lectura se convirtieron en mis mejores amigas, pues me pasé 4 años de mi vida encerrada en casa leyendo libros y blogs de cómo hacer las cosas por mi misma; biografías de personajes que dejaron todo por vivir sus sueños; filosofías y estilos de vida extremistas; relatos y eventos sociales de inadaptados, historias de viajeros y nómadas digitales; filosofías espirituales y autoconocimiento.

Poco después me apunté a un retiro espiritual y me di cuenta de lo ignorante que era, y entendí que yo misma era la causa de mi sufrimiento y también de mi felicidad.

Ya hice el trabajo más difícil: reconocer que necesitaba un cambio.


Me olvidé de vivir

A mis 30 años tenía todo lo que había deseado para mi edad. Todo lo que se suponía que debía tener, pero yo consideraba que ese éxito era solo aparente.

Había un gran vacío dentro de mi, así que intenté llenarlo como todo el mundo: con cosas materiales.

Estaba gastando mi dinero más rápido de lo que lo ganaba y las cosas que compraba no llenaron el vacío sino que al contrario, lo agrandaron.

Mi vida exterior se veía fantástica, pero en mi interior me sentía en ruinas.

Había terminado mi noviazgo de 10 años, no me sentía sana, trabajaba demasiado y lo peor de todo, es que me sentía estancada. Mi vida carecía de propósito, de sentido, de pasión.

¿Qué me apasiona? no tenía ni idea. Estaba viviendo el día para pagar los gastos, viviendo para los bienes materiales, para una carrera que en realidad no amaba, para aparentar y demostrar a otros que era feliz.

Estaba viviendo para sobrevivir y me olvidé de vivir Clic para tuitear

Había construido mi propia empresa, disponía de mi propio tiempo, podía elegir con quién trabajar, no estaba limitada a un sueldo fijo, podía laborar desde cualquier lugar y podía sacar vacaciones en cualquier época del año.

Era la chica empresaria, soltera, sin hijos y con muchas ideas sobre en qué gastarme el dinero.  ¿Acaso no debería sentirme realizada con todo lo que había conseguido? Pues yo me sentía infeliz e incompleta.

Lo peor de todo, es que cada mañana al levantarme, no sentía nada. Ni pasión, ni chispa, ni fe, ni emoción, ¡nada!. Y creo que ya había llegado al límite de seguir llamando a eso “un mal momento”.

Soñé una vida ideal que quería crear y pensé que si creaba esa vida, sería feliz. Pero la fantasía no se puede hacer realidad. Podemos creer que estamos haciendo que se haga realidad pero la realidad nunca coincidirá con la fantasía.

Necesitaba un cambio porque sentía que estaba vacía, que no palpitaba. Que necesitaba un impulso interno para crecer, evolucionar y darle a mi vida un sentido profundo.

Lo único que sabía era que quería ser feliz, el problema estaba en que no comprendía el verdadero significado de la palabra «felicidad», quizás la estaba confundiendo con éxito, con riqueza o con ese sentimiento de euforia temporal que sucede al comprar cosas que creía que necesitaba.


Asegúrate de disfrutar el «Mientras Tanto»

Ante tanta depresión que me invadía, empecé a compararme con los demás y a notar que mi mejor amiga Rosana, era feliz. Ella parecía eufórica, equilibrada y yo no comprendía porqué. Y entonces le pregunté: ¿Porqué diablos eres feliz? y la respuesta que obtuve fue la siguiente:

“Soy feliz porque me siento afortunada de tener la vida que tengo y de haber logrado hacer más de lo que imaginé lograr. Aunque la felicidad es una búsqueda constante del ser humano no quiere decir que no podamos ser felices mientras la buscamos.

Puede pasar como quien no disfruta el camino por concentrarse en la meta y al llegar, se da cuenta que el mejor premio fue lo que dejó atrás sin disfrutar.

No sabemos si la felicidad está en todo lo que vivimos tratando de conseguirla. Y el último día de la vida, vemos que en realidad fuimos felices y nunca lo notamos por siempre estar buscando más. Deja de buscar en otro lugar la felicidad y date cuenta de que este momento es suficiente”.

Después de esas palabras, comprendí que era el momento de dejar de comparar mi vida y comenzar a vivirla. Que aunque no podía controlar el resultado, sí podía controlar la intención. Y que yo era el problema y en mí residía la solución.

Pero, si la felicidad viene de adentro… ¿por qué debería perseguir algo en la vida?.

Y la respuesta que obtuve fue que la felicidad, el contentamiento y la grandeza no es donde todos los demás están sino que se obtiene cuando logro agradecer cada mañana, cuando siento que el viento me saca una sonrisa, cuando me alegro por que el sol me calienta, cuando veo el valor de las cosas sin valor y cuando entiendo que debería ser feliz no por las cosas grandes que pueda lograr, sino por las cosas pequeñas que ya tengo.

Sigue leyendo la segunda parte de la historia haciendo clic en este link

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