Trabajar en una agencia es muy digno, pero no es mi sueño

El año pasado (finales del 2015), justo cuando sostenía una tensionante conversación con mi novio y socio de aquel entonces, recuerdo que le dije que después de 5 años de trabajar de manera independiente era el momento de volver a ser empleada y trabajar en una empresa grande, para aprender, para conocer gente, para encontrar otras formas de trabajo, para salir del escritorio de mi casa y respirar un aire diferente.

Un lugar donde se me permitiera ser creativa, donde pudiera conseguir un millón de amigos, y un líder que evaluara y reconociera mi labor.

La vida de freelance, la escasez de dinero y la crisis de los 30 me estaban comenzando a pasar factura y a generar un montón de ideas salidas de tono y de contexto. Estaba desvariando. Sin embargo, emprendí la misión de enviar hojas de vida a cuanta oferta interesante veía.

Mi inseguridad se pronunciaba cada día porque no recibía emails de respuesta y yo lo único que pensaba era que por mi falta de experiencia en agencias de renombre, no calificaba. Pero finalmente, sonó el teléfono.

Nunca emplearse en función de cuánto va a ganar, sino de cuánto va a aprender Clic para tuitear

Una oferta laboral irresistible (para los otros)

Tomé la decisión de asistir a la entrevista, pues en aquel momento no tenía nada que perder.

Cuando llegué me senté en una mesa grandísima, con otras 9 mujeres que aspiraban el mismo cargo. Era una entrevista masiva e incómoda porque el ego femenino sobre volaba por los aires de aquellas cuatro paredes.

Todas estaban muy bien vestidas y eso me puso alerta, pues lo que yo no entendía era ¿por que me habían citado a mi si requerían personas elegantes, ejecutivas y de oficina?.

Aquello no iba a terminar bien y fue así como comenzó la carrera por demostrar quién era la mejor y quién ganaría el tan anhelado puesto. Por fortuna mía, pasé todos las pruebas y filtros y al final, solamente quedamos 4 chicas.

Atenta escuché la oferta laboral y era un gran puesto (para ellas), con muchas expectativas, responsabilidades, promesas e incentivos.

Ofrecían un contrato por un año con posible renovación, trabajar para una de las mejores agencias de publicidad de la ciudad y de las que maneja marcas grandes y clientes reconocidos.

Un lugar de trabajo con todo lo requerido para el cargo, un equipo de trabajo a disposición, un sueldo de tres millones de pesos mensuales, un cargo como “Líder de Contenidos Digitales”, una dedicación exclusiva y sobre todo, una disponibilidad inmediata.

Yo le temo a las autopistas rectas porque es cuando más te duermes. Clic para tuitear

Buscando lo que no se me había perdido

Mientras la gerente de la agencia nos miraba a los ojos como con un escáner interno y nos contaba la irresistible oferta, levanté la mano, pedí la palabra y dije: «No cuenten conmigo, pues voy rechazar la oferta».

Muchas razones me obligaban a hacerlo, pero la principal era por que requerían a la persona con urgencia y yo tenía programado un viaje. Pero no cualquier viaje, sino uno de esos que no se aplazan y que no se negocian por nada ni por nadie, pues después de muchos años iba a visitar y a celebrarle el cumpleaños #30 a mi mejor amiga.

Esa que no veía de frente ni abrazaba en la vida real desde hacía 18 años. Yo iba a ser la sorpresa y ella no tenía ni idea de lo que habíamos planeado para su fiesta. Rosana es la mejor amiga del mundo mundial y se lo merecía.  No podía aplazar su cumpleaños por un salario de tres millones de pesos.

Después que les dije que no aplazaría el viaje por nada ni por nadie, todas abrieron los ojos y no podían creer que fuera a renunciar a trabajar allí con ellas. Terminé la última prueba, me levanté de la silla y busqué la salida. Deje de ser una opción y renuncié.

Al día siguiente, tome mi avión y le di un abrazo tan grande a mi amiga que no lo cambiaría por el súper cargo que iba a ocupar en aquella agencia, ni por tres millones de pesos de salario, ni por nada en el mundo.

Cuando crucé la puerta y caminé hacia la calle sentí una fuerza interior que no había sentido nunca.

Pensaba que mis padres se iban a sentir decepcionados porque estaban confiados que ese empleo era para mí y lo deseaban, pero considero que ya no estoy en ese momento de la vida en la que decía sí a cualquier trabajo que me ofrecieran porque no sabía qué hacer con mi talento.

Tres millones de pesos para una persona soltera y sin hijos como yo pueden servir para ir el fin de semana al centro comercial y antojarme de algo, comprar un carro para seguir el prototipo de la mujer de agencia, comprarle una mejor comida a mi par de gatos o simplemente guardarla en en banco.

Pero puede que al día siguiente o al cabo de un año, ese trabajo se termine por cualquier circunstancia y voy a mirarme al espejo con cara de angustia, y pensaré: ¿Y qué hago ahora?

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¿Y qué hago ahora?… Vive libre o muere

Que hago ahora que he trabajado para otras personas y no existo para el mundo. Mis amigos, mis clientes, mis seguidores me han olvidado porque mi fuerza y energía se la di a otros. Luché por sus objetivos y no por los míos.

En la vida hay dos tipos de personas: Las que se conforman con lo que tienen y las que no paramos de ponernos retos y metas imposibles, para no parar de superarnos.

He aprendido muchas cosas durante estos 5 años de crisis. Una de ellas es que se hacer mi trabajo muy bien y la otra es que tres millones de pesos al mes no son suficientes para VIVIR la vida.

Tal vez sirven para que se te infle la barriga, o te aparezca una migraña repentina, o se te dañe el genio de por vida o se te doble la espalda mientras te matas por trabajar para otro.

Necesito que la vida sea dura pues es la única forma que tengo para convertirme en la mejor. Si fuera fácil o si tuviera unos papás que me lo dieran todo o si las cosas me llegaran del cielo sin esfuerzo alguno, la vida no me interesaría.

Nunca me detuve a pensar en el trasfondo de lo que estaba deseando, pues no me di cuenta que iba a retroceder en vez de dar un paso hacia adelante, pues dejaría mi autoempleo para trabajarle a otros, tendría un salario fijo y una quincena medio digna pero una carga laboral extenuante y una responsabilidad que haría disparar mi estrés.

Trabajaría con un millón de personas y quizás, ninguno llegaría a ser mi amigo, sino un grupo de individuos con el ego exacerbado y con unas ganas infinitas de hacerte caer al primer error. Y por último, no tendría un líder sino un jefe malvado aprovechándose de mi paciencia, mi tiempo y mis ideas.

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Sí, me hubiera venido muy bien esos tres millones para ahorrarlos y luego darme unas vacaciones de 15 días pero…

¿Qué hubiera hecho con el fuego que siento dentro y que me obliga a trabajar en los proyectos que quiero y me interesan? ¿Qué haría cuando se me ocurriera una idea genial y no pudiera ejecutarla por que tenía que atender los intereses de otros?

¿Qué haría con mi empresa, con mi blog, con mi filosofía de vida?¿Qué haría con esas ganas de coger mi mochila y salir a conocer el mundo que está allá afuera esperándome sin tiquete de regreso?

¿Cómo podría mirarme al espejo cada día sin sentir vergüenza de mí misma?

Me queda poco tiempo en el planeta tierra. 50 años más o menos. Y con suerte.  Luego me tocará lo que a todos: convertirme en energía y volar por el universo. Por eso no pienso pasar mis últimos 50 años siendo la esclava de alguien.

No existe muerte mas triste que la de aquel que está para volar y sólo camina Clic para tuitear